Cartita ciberweb para Virginia (Huneeus).

La protesta como sentido de aullido: El arte sumergido en ella.

Por H. Margaritas

Anoche terminé de escribir este texto y pensaba en Camilo Catrillanca, comunero mapuche asesinado por las manos del estado, la represión. Camilo, esta cartita ciberweb también es para ti.

 

El demonio se agita a mi lado sin cesar;

flota a mi alrededor cual aire impalpable;
lo respiro, siento cómo quema mi pulmón
y lo llena de un deseo eterno y culpable.

A veces toma, conocedor de mi amor al arte,
la forma de la más seductora mujer,
y bajo especiales pretextos hipócritas
acostumbra mi gusto a nefandos placeres.

Así me conduce, lejos de la mirada de Dios,
jadeante y destrozado de fatiga, al centro
de las llanuras del hastío, profundas y desiertas,

Destrucción – Charles Baudelaire

La primera vez que leí El conjuro de Cohoba estaba esperando a la enfermera para que me sacara sangre y a los quince minutos de espera me dijese si soy positiva o no. El vih existe. Estaba en Pto. Varas y mi sentimiento de muerte  y rebeldía era igual que las palabras de Virginia, aún no nos conocíamos ella y yo. Entonces respiramos; Cohoba y yo al saber que pasamos invictas un año más ¿suerte o no? No sé, tengo a gran parte de mis amigas infectadas y la mejor mejor, ya está muerta. Mi protesta es esta, mi rebeldía es esta. Cuando pienso en Cohoba me imagino una especie de fiesta pagana, de sepultura a la muerte que tanto estigma le dan hoy en día. La muerte siempre vinculada al pechonismo y a la fe. Nadie se pregunta qué es FE, qué es Dios, sin embargo, ¿qué es Cohoba? Entonces ese día jalamos mi examen negativo y yo el ritual esperando a Cemí, como en la fiesta Taina.

 

Texto leído por el Poeta Héctor Margaritas en el evento “La Bella Tenebrosa: Homenaje a Virginia Huneeus”, el pasado 16 de noviembre en la Sociedad de Escritores de Chile.

“Si yo soy transfigurada por el febril lápiz del tío. En su agonía, logro terminar mi retrato antes de morir” (9) la muerte, como la describe la autora, es sin querer un halo poderoso del cual no hay que tener miedo ni vergüenza, es un nacimiento. Estoy atravesando Puerto Varas y la lluvia cae, se dispersa entre el viento y la hoja suelta del ulmo. Sin querer llegamos a esto, “Cuando ya una brisa helada comenzó a arrebatarles el verano, sus revolcones por la hierba fueron bruscamente interrumpidos”  mis párpados y yo seguimos leyendo el ritual Cohoba que pretende darme imágenes similares a las que vivo en esta tardecita sureña. Ahora que pienso y retomo esto me pregunto cómo es que un autor puede volver la pluma un arma, la letra un balín, o un explosivo, entonces pienso que puede ser el arte ese mecanismo de defensa para las desvalidas, las calladas y las de  voz fuerte y ronca alameda gritando que NO, que NO, que NO, que ya no, que ya no existe la herida.  En Virginia encuentro la sepultura, la ida y el presagio. También una suerte de erotismo pausado, sutil y verdadero, donde la que habla no es ella, son sus memorias, su historia finalmente que se entrelaza con algún personaje de sus libros. Me siento partícipe al recitarle tanto tiempo a la salida, la muerte esquiva, como diría Alejandra Pizarnik; esa jaula pájaro volando.  Las mujeres expresan su devenir en la expresión, la de Virginia son varias, sin embargo no puedo dejar de escribir esta.  Envió su obra a un concurso  con seudónimo masculino (la represión existe) y para mi este dato fue fundamental para escribirlo en esta cartita ciberweb; entonces, llena de creatividad hizo de sí un mural con rocas de la cordillera, como un simbolismo que aludía a la  memoria,  al territorio de un naufragio con respuesta irreverente. Es difícil ser mujer, lo dijo Teresa Wilms Montt, pero es más difícil ir contra la voz y la opresión del exilio constante, la vertiginosa catástrofe de ser quien una es, sin ese pedacito de aire que se fuga entre la puerta y la llave, entre la ventana y el tupido velo no de- construido. Entonces protestamos, protestamos desde lo visto, una siempre protesta ya sea en contra o favor; unas tantas alzamos la diversidad y lo femenino y nos volcamos totales a trabajar sobre ello. Esta  cartita es pura memoria, recuerdo y vivencia. Son las cinco de la mañana de un día sábado y volví a retomar El Conjuro de Cohoba, estoy sola en el living de mi casa en Metro Irarrázaval y el chico dormido verga suelta que yace en mi pieza no sabe que las palabras ahora fluyen, se vuelven ceniza, ritual, flagelo y, finalmente, líneas.  Entonces escribo y rompo. Escribo en esta hoja terca, que, posiblemente ahora la vuelva a una planilla ciberweb. La muerte en la obra de Virginia queda plasmada en ese infierno Dantesco que ella alucina y crea, y rompe, y vuelve, y sigue  y ataca, y siente, y túnel y luz. Acá ya amanece, se hace de día. ¿Qué es la luz? ¿Qué es la muerte? ¿Qué es el unísono? Seguimos unas tantas esperando el ritual de despedida, el ritual de Cohoba que nos vuelva paganas porque la realidad latente es atroz. La letra se me vuelve terca; y llego a ella, la sigo entre la metáfora y el tiempo. Esto no es un poema. Esto es pura realidad. Hoy, quince de noviembre mientras compraba cigarrillos allanaron el centro Copec que queda al lado de mi casa, Carlos murió, se fue en la honda huida del desmemorial institucional ¿qué pasa? ¿qué sigue? ¿dónde nos siguen tirando? Virginia, disculpa, esto es puño y letra ¿tienes rabia? No ha cambiado nada desde que te fuiste riachuelo abajo encontrando un pequeño vestigio en el país dónde fuese que llegases dejando este que hasta hoy la palabra libertad unas tantas no la vivimos.

“llovieron piedras las nubes

corrieron sangre los ríos”

Virginia, verás, esta cartita ciberweb, como la apodé, es puro aire, ha sido día y también noche, ha sido pagana y también centrada, ha sido cuerda y también border. Para que veas, aquí también hay vida, como en tus novelas, pinturas, esculturas, murales. Vida, que también puede ser muerte. Es eso lo que me evoca tu obra, un aullido constante que interpela al espectador o lector al punto de ver lo monstruoso como algo estéticamente bello sin prejuiciar y abordar el manojo de llaves entera y no una por una. Finalmente, un grito tan enorme que cobra o quita, que sumerge o flota, que se desinstala o sigue por el bagual pomposo de un campo enorme y luminoso que podrías ser tú, si tú.

Con cariño,

H. Margaritas.

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