En medio de Solares, Oasis y Textos

Por Rodrigo Cabrillana Godoy

Durante la década de los ‘90 era una figura recurrente pasar los días desocupados en medio del barullo de casetes sobre la cama, el deck de la radio sonando de forma galopante y los libros de turno esparcidos sobre el velador de la habitación. O sea, el tridente, textos +música + tiempo libre, nos marcó a muchos a la hora de encontrar un método para concentrarnos en la lectura. De hecho, puede parecer un poco contraproducente la forma, pero al día de hoy no estamos tan lejanos de esa práctica algo insólita.

Por otro lado, los años de la transición trasandina, nos arrojaba de todo en la radiofonía nacional, pero sin duda el Rock chileno nunca sonó tanto como en aquella época. Y dentro de toda esa fauna sónica que abundaba en la radio, existía una banda que siempre me cautivó: Solar. Ya fuera por la calidad de sus composiciones, lo emparentado que estéticamente estaba el grupo con el Rock británico y también porque las canciones de Alejandro Gómez me parecían muy chilenas en su discurso. Aunque quizás esto último se remarcó mucho más en los tiempos del disco “Sentido Común”, a comienzos de los 2000.

No obstante, hablo de los tiempos del “Play”, 1997, los años que nos deleitaron con “Vacío”, “Por Costumbre” y “Lo que eres”. Temas que en el dial se programaban una y otra vez, y que nos veíamos en la obligación de grabar en cintas caseras, porque para aquellos que no vivíamos en Santiago, era muy difícil acceder al stock de los discos físicos. Aunque en alguna ocasión, más de un viaje flash a la capital, nos permitía ir a las disquerías de la época y salir con algún single de Solar entre manos. Pero aun así, cada vez que buscaba Play, nunca lograba dar con él.

Disco Play

De todas formas escuchábamos al conjunto siempre, estábamos atentos para saber qué ocurría con ellos, y aunque nunca logramos verlos en vivo, Solar quedó para siempre guardado en mi lista de reproducción de los años adolescentes. Y junto con ellos, la memoria de los libros que se alojaban en nuestras estanterías o en los rincones de nuestro cuarto, cuando nos introducíamos en ese clásico ritual ya descrito, de escuchar música y leer a la vez un oportuno texto. Y así fue como Ray Bradbury, Charlotte Brontë,  Robert Louis Stevenson y tantos otros autores se combinaban a diario con las melodías de decenas de grupos y solistas rocanroleros que se esparcían en los aires de la alcoba. Pero cuando aparecían los Solar en medio de la programación radial, esa energía supersónica siempre volvía la lectura mucho más cautivante.

En tanto, como todo está relacionado, era curioso siempre que las canciones de Solar en la radio FM se pegaran con las de Oasis. Es decir, resultaba familiar escuchar algún clásico de los de Manchester y luego que prosiguiera “Por Costumbre” u otra canción de la banda de Alejandro Gómez. Así que me acostumbré a escuchar a ambas bandas juntas. Y sobre todo, cuando me introducía en la lectura, era común programar un casete o CD de los Gallagher y continuar las siguientes páginas del libro al ritmo de las grabaciones caseras que hacía de Solar en el dial.

Y en resumen, pasaron los años, el fin de los ‘90 y todas esas vivencias se guardaron en el imperecedero recuerdo. Pero llegó 2009, me había mudado a Santiago mientras estudiaba Literatura e impartía clases, y un día leo en la prensa que Alejandro Gómez planea una junta breve del Solar de los últimos años para una tocata en SCD Bellavista. Algo impensado y especial, así como los libros que perseguía por aquella década. Todos muy particulares y de una variedad de autores y estilos: Óscar Hahn, Carlos Fuentes, David Aniñir y por supuesto, José Miguel Varas. Éste último, por “Los Sueños del Pintor” y por un cuento que me quedó grabado, titulado “Regreso”, y que pertenece a su texto “El Seductor”. De hecho, se trata de un viejo profesor normalista que vuelve a su barrio de siempre, después de un prolongado tiempo en el exilio, pero que de alguna manera se aflige con lo duro que resultan los cambios en las fachadas de las casas y también con la nueva arquitectónica urbanística que ha adoptado la antigua ciudad que lo cobijó en años anteriores. En ese aspecto, había pasado el tiempo, y este estupefacto personaje no sabía a quién mirar en su diario recorrido por las calles, antes de regresar a su solitaria morada nocturna. Aunque termina finalmente contemplando las correrías de Codelco, un avezado can que lo sumerge también en los pensamientos más profundos de la vida cotidiana.  Así como los recuerdos constantes de su familia, que terminan consumiendo las cenizas y las energías de todo aquello que el exiliado Arce puede abrazar en sus remembranzas.

Por lo mismo, resulta curioso que igualmente al escarbar en la historia de Alejandro Gómez, sus primeros años también los vivió en el exilio, de manera símil a lo que acontece con el personaje narrativo de Varas. Sólo que el exiliado Arce debe vivir la expatriación en sus años de adultez en el mundo imaginado del escritor chileno. Sin embargo, el desarraigo cultural puede ser un tema que ambos podrían haber experimentado de forma más o menos implacable en sus historias. Aunque para el vocalista de Solar, “(…) parece un círculo vicioso entrar en una discusión acerca de la identidad de un país”, según lo que expresa a un semanario musical (Subte, La Tercera) de fines de los ’90, donde principalmente sus circunstancias de vida han sido determinadas por las más diversas naciones que albergaron su niñez y juventud, como fueron Alemania y México, pero asimismo deja en claro que nunca se desconectó de sus raíces y su país, “(…) al cual uno le guarda mucho cariño porque siempre te dicen que Chile es lo mejor”. En tanto, para el viejo profesor normalista del cuento, el temple y la persistencia del deseo de volver a su territorio originario, podrían haber sido las razones para que regresara a Chile, sumido en los recuerdos y la nostalgia de los tiempos anteriores al golpe militar.

Asimismo, considerar que tanto la obra de Gómez como de José Miguel Varas, tienen referencias directas al exilio, ya que resulta evidente que el vocalista y compositor de Solar debe haberse influenciado fuertemente del género Rock y específicamente del shoegazing mientras permanece fuera de Chile, por ende, esas mismas referencias son las que deben haber inspirado su forma de componer y producir la obra musical inicial de su conjunto. Algo que también caracteriza esencialmente la narrativa de Varas, ya que las relaciones del confinamiento político del escritor y también periodista, está sumamente presente en cada uno de sus libros. Y en ese sentido, las estancias en el extranjero de ambos creadores deben resultar fundamentales para dar un cuerpo consolidado a sus trabajos creativos. Aunque en cierto modo, si es que pueden existir estos vínculos, se trata de producciones totalmente diferentes y ligadas cada uno a su contexto cultural de género y expresión.

Libro “El Seductor”, José Miguel Varas.

Ahora bien, la coincidencia de estar leyendo a Varas mientras acudo a la cita en directo con los “Solares” son cosas fortuitas, pero no tan lejanas de la experiencia de combinar las sesiones de lectura con escuchar las canciones del disco Play en mi primera juventud. Y cuando Gómez toma la guitarra para introducirse en un par de clásicos de la banda y en otros temas de sus proyectos, es imposible no pensar cuáles fueron los discos que marcaron sus años en Alemania y México. Pero cuando entona “Por Costumbre”, la memoria del cuento “Regreso” golpea rápidamente mi cabeza. Y las líricas “Ha pasado el tiempo/ y no sabes a quién mirar/ quién te pueda ayudar” lo sitúo directamente con la vuelta del exiliado Arce a su distrito y su odisea en vano, de intentar nuevamente ser parte de esas calles, ante el  inconmensurable paso del tiempo que lo cambia todo. Lo que transforma su retorno en aislamiento, soledad y por supuesto la incomunicación de ser solo un testigo presencial de todo lo que acontece en ese añejo entorno, adornado hoy por la nueva metrópoli que ha ido mermando las viejas edificaciones.

Y si bien ese ejercicio de relaciones indirectas entre una obra y otra, que nacen en mi pensamiento mientras aprecio a Solar por primera vez en un inédito concierto, no puedo pasarlo por desapercibido, y logro comprender la lógica de aquello, en esa vieja usanza de tanto combinar las letras con la música en el tiempo, y que también perfectamente podría proyectarse a vincular esas temáticas con otras artes, como el cine, la pintura y probablemente hasta la danza.

Pero a fin de cuentas, termina el concierto, regreso feliz a casa y tan solo unos pocos días después, por esas cosas simultáneas y las sincronías de la vida, acabo viendo por primera vez también en mi existencia, a Oasis, la mítica banda de los Gallagher en directo. Donde todo vuelve a coincidir también, con el término de mi lectura del libro de bolsillo de Varas, y con la inevitable asociación de reunir nuevamente en mi pensamiento, el factor del cruce estético entre el Rock y la Literatura. Sin embargo, evocando esta vez, esas viejas tardes sureñas donde se rejuntaban usualmente Solar y Oasis en las programaciones sónicas y hogareñas de mi dormitorio, mientras recorría y me sumergía en las páginas del libro y autor de turno. Una praxis que tal vez muchos lectores, asimilamos “Por Costumbre”. Y donde “no hay más, y no hay más”…

 

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