ENTRE LENNON Y LA LITERATURA.

Por Rodrigo Cabrillana Godoy.

Resulta característico responder continuamente en clubes de lectura, talleres literarios o en clases de lengua, la interrogante sobre ¿cuáles fueron los libros sustanciales que marcaron tu infancia? Es tan reiterativa, que hasta tiendes a omitir la respuesta muchas veces. Mayormente porque sería mentir afirmar que “La Cabaña del Tío Tom” de Harriet Beecher Stowe, “Francisca, Yo Te Amo” de José Luis Rosasco o “Pregúntale a Alicia” me dejaron algo, porque fue precisamente lo contrario. Fueron textos que en algún momento me hicieron aborrecer la literatura. De hecho, mis años en el colegio, hasta primero de secundaria, no implicaban mayor trascendencia en las letras, sino fuera porque me interesé en algunos pasajes de los textos dramáticos de William Shakespeare, alguna que otra obra del connotado literato, Gabriel García Márquez, en algunos cuentos de Edgar Allan Poe o en las narrativas gráficas del “Doctor Mortis” de Juan Marino, este último, el que conocí gracias a las historias de fantasmas que me narraba mi padre durante mi niñez. Porque no era el muchacho que disfrutaba escuchando los clásicos cuentos infantiles, sino que siempre buscaba historias extrañas, como relatos de aparecidos, fantasmagorías y esperpentos. Es decir, me agradaba toda esa estética oscura, maravillosa y en alguna medida funesta que puedes encontrar en esas narrativas. Ya que discrepaba totalmente de la enseñanza acerca de las letras que había recibido en el colegio. Me preguntaba por qué diablos no había maestros que nos mostraran autores como H.P. Lovecraft, Lord Byron o el contemporáneo Stephen King. Solamente libros como “Hamlet” o “Crónica de una Muerte Anunciada” contenían algo de ese mundo misterioso y excepcional que tanto buscaba. Sin embargo, pasé de la primaria a la secundaria, cambiaron los educadores y la exploración literaria comenzó a tener sus frutos. Esto, porque ya no solamente me interesaba el género del terror o los textos de misterio. Llegaron los años de adolescencia y la colección de discos de mi madre, con The Beatles, The Rolling Stones o Los Beat 4, comenzaron a acompañar mis tardes de lectura en casa. Es más, me resultaba hasta particular esa conexión musical con el acto de leer. Alojar los audífonos en mis orejas y darle “play” al disco de turno me generaba la atmósfera perfecta para continuar con las lecturas del momento. Ya fueran obligatorias o por elección propia. Todo era un beneplácito que encandilaba mi cabeza, tanto como las mencionadas historias de fantasmas que contaba mi papá antes de ir a dormir.

Así fue cuando estando en primero medio tuve una maestra de lengua castellana que nos pidió leer “El Joven Lennon” del autor español, Jordi Sierra i Fabra. Era 1992, época que comenzaba a despuntar MTV (un año después nacería la filial en Latinoamérica), aparece el comunicador Alfredo Lewin en radio y TV (quien estudiaba Literatura por aquellos años en la PUC y era el cantante de un grupo de Rock, de nombre Diva, antes de desempeñarse como VJ de la cadena MTV en la década del ’90), y en la radiofonía nacional comienzan a sonar bandas como Los Tres de Concepción, con canciones que contenían letras totalmente poéticas. Fue como un pequeño huracán. Llegó todo de una vez. Sobre todo, porque me había hecho un fan acérrimo de la banda de John Lennon, y porque por primera vez terminé “rayando” con un libro que me identificaba totalmente. Sentía que a pesar de que el texto de Sierra i Fabra era una novela que recreaba la adolescencia de Lennon desde la imaginación del autor español, lo que contaba en los diversos capítulos no estaba tan alejado de lo que uno podía llegar a sentir por la música. En pocas palabras: Pasión.

Por consiguiente, la novela sobre la vida juvenil de Lennon terminó marcando un momento importante en mi vida como lector, porque acabó conectando de alguna manera ese cruce estético entre el Rock y los libros, sin tener mayor conciencia de aquello en esa época. Y esto lo digo, porque “El Joven Lennon” si bien puede ser un buen punto de partida para un muchacho con esas inquietudes a los 14 años, otros hitos de la década también fueron importantes para ir marcando un antes y un después en mi percepción literaria-musical. Por ejemplo, la primera vez que escucho a Alfredo Lewin comentar sobre música fue durante una transmisión abierta por TV, curiosamente en el contexto de un tributo internacional al músico-poeta estadounidense, futuro Premio Nobel de Literatura 2016, Bob Dylan, realizado en el Madison Square Garden de Nueva York. Ocasión en que Lewin resaltó las virtudes musicales y líricas de Dylan, pero donde también me deslumbré con su forma de ver la música y con el tiempo, descubrí también su faceta literaria. Esto, porque Alfredo siempre comentaba un buen libro en radio o simplemente realizaba constantes analogías literarias con el disco de algún cantautor o banda. Algo que me costaba comprender, pero que con el tiempo las conexiones fueron mucho más evidentes. Es decir, Lewin comentaba abiertamente por radio acerca del disco “Animals” de Pink Floyd y su relación con la novela de George Orwell, “La Rebelión en la Granja” (“Animal Farm”); o acerca de la canción “Murders In The Rue Morgue” de Iron Maiden con la obra de Edgar Allan Poe, enlaces en los que siempre había un denominador común, que eran las implicancias de las líricas, el imaginario que resaltaba el tema, con la parte instrumental del formato canción. Ejemplos, podríamos mencionar muchos más. Sin embargo, Lewin en su escenario mediático, me atrevería a decir que en esos años era casi el único comunicador que resaltaba estos puntos que eran totalmente de mi interés. Lo que reflejó una admiración hacia su persona profesional que mantengo hasta el día de hoy. De hecho, escuchar a Alfredo Lewin, me influenció a seguir una carrera como Profesor en el área de la Literatura, y por supuesto leer la gran mayoría de los textos que iba haciendo mención en sus programas de radio Concierto FM o Futuro FM. Es más, con el tiempo, cuando regresó a vivir a Chile desde EEUU, comenzó a brindar charlas gratuitas donde exponía abiertamente de los mismos temas. Y en ese espacio aproveché de profundizar muchas de las temáticas que Alfredo refería en su día a día en las comunicaciones.

Pero regresando al texto de Sierra i Fabra, lo que destaco del libro, es como el autor recrea la imaginería Beatle desde su forjada perspectiva creativa. Alude a cada personaje de forma novelesca, pero sin perder la conexión terrenal con la realidad, con lo que dictan los hitos de la música popular británica. Es decir, se habla de Los Quarrymen, de Shotton, Griffiths y Hanson, la banda primigenia de John Lennon, sopesando los matices de la literatura con la historia del grupo, en donde se recrean los diálogos de sus integrantes, como si hubieran acontecido realmente. Lo que podría desconcertar a un lector principiante, ya que el autor debe haber estudiado muy bien los acontecimientos infanto-juveniles en la vida de John Winston, para llevar a cabo la escritura del texto “El Joven Lennon”. Libro que como manifesté anteriormente, podría ser confundido perfectamente hasta con una biografía del músico inglés. Sin embargo, la fortaleza del texto, citando al mismo Sierra i Fabra, está en que muestra la existencia de un muchacho que “le gustaba soñar, porque la libertad de su imaginación poseía un embriagador hechizo. Cada sueño era la anarquía de su mente, la revolucionaria rebelión de su inconformismo. Sus ideas se escapaban de todo marco”. O sea, nos revela un personaje rebelde y revolucionario, idealista e insurrecto, que a partir de sus planes en la música quiere transformar y cambiar su posición en el mundo. En pocas palabras, Lennon creía aún que la cultura del colectivo popular, que se encontraba fragmentada  por las recientes guerras mundiales de esa época, podía apelar a un cambio. Y que esa vuelta estaba en educarse a través de la música y tal vez… la literatura. Aun así, comprender la totalidad de la propuesta del joven Lennon fue un ejercicio de años, leyendo y haciendo introspección con cada uno de los capítulos. Ya que un texto puede esconder muchas lecturas, y sobre todo si hace hincapié en una obra abundante como la del ex Beatle. Eso, porque la novela cuestiona también la enseñanza tradicional de la lengua, donde un arrogante maestro Elías Pinkerton cree reconocer toda la sabiduría de Shakespeare en su conocimiento e invalidar toda esperanza de futuro y saber en sus ignorados estudiantes, entre los que estaban los integrantes de The Quarrymen y sobre todo John. De hecho, la frustración de Lennon contra la actitud permanente de Pinkerton, del profesor que lo ninguneaba cada vez que podía, lo fortalecía para ceñirse una vez más al episodio de la indomabilidad, y como cita el narrador, buscar su escapismo en el universo del Rock and Roll. En ese sentido, John Lennon, “odiaba resignarse, pero no tenía otro camino. Golpear las paredes tenía un mucho de furia y un tanto de rebeldía estúpida. No servía para nada. Al diablo con todo. Se metería en su habitación con la guitarra y tocaría tan fuerte como pudiese. Tan fuerte como las cuerdas resistiesen y su voz alcanzase”. De la misma forma, como muchas veces, en nuestros años de juventud quisimos ahogar nuestras malas experiencias en un rincón de la habitación de turno, tras las páginas de nuestro autor preferido, o en su defecto, elevando ruidosamente en el radiocasete un tema que nos inspirase a encontrar en su letra, la identidad del difícil momento que nos tocaba vivir. “Help”, la clásica composición de The Beatles, podía ser la medicina espiritual para salvar nuestro mal día.

Así pues, los libros resultan esenciales si logran penetrar tu mente y llegan a tu esencia espiritual, lo más temprano posible. Y en ese camino, “El Joven Lennon” hizo su trabajo en mi formación lectora y por supuesto como auditor del Rock & Roll. Porque no solamente le debo a Sierra i Fabra, el perpetuar la figura de John en mi imaginario literario-musical, sino que también esta lectura adolescente me abrió camino a conocer lo que podría haber sido una juventud agitada de un novato y talentosísimo Paul McCartney, un iniciado Harrison en la guitarra y el comienzo de una crónica trágica del emblemático baterista Pete Best. Porque para muchos de nosotros, sus seguidores, The Beatles, fueron en realidad lo que representaron sus años mozos en Hamburgo y en sus inicios en The Cavern, antes de saltar a la fama. Es decir, los comienzos son los que realmente te marcan, los que definen tu personalidad en alguna medida. Los mismos arranques que inmortalizaron mis inquietudes en el camino de la exploración literaria, y sobre todo el ejercicio pedagógico de motivar la lectura. Más aún si la música y los libros se conjuntan, pero esa ya, es otra historia.

Ahora bien, recapitulando, Liverpool, la ciudad imaginada de Sierra i Fabra y del indócil joven Lennon, puede estar esperando en tu librero, para sumirte en un escabroso acorde ilusorio de Chuck Berry o en la flagrante voz de Big Mama Thornton. Solo tienes que dejarte llevar por la lectura y por la intuición de oír una buena pieza musical…

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