JÓVENES ESCRITORES DEL PROYECTO “TALLER ROCK Y LIBROS” COMPONEN DIVERSOS RELATOS EN TORNO AL CRUCE ESTÉTICO DE LA LITERATURA Y LA MÚSICA.

Por Rodrigo Cabrillana Godoy.

Junto con el inicio del período de cuarentena decretado por el Gobierno de Chile debido a la emergencia sanitaria declarada en el territorio, en marzo pasado comenzó a operar nuevamente después de varias temporadas ausente, el proyecto Taller Rock & Libros, pero esta vez en modalidad online y administrado por la Fundación de fomento lector, Lectura Nómada.

Uno de los grupos participantes en el conversatorio virtual con el periodista de música, Ángel Rogel.

De hecho, el proyecto, el cual trabaja con el cruce estético entre la música y la literatura, ejecuta una serie de actividades diversas entre sus participantes, las que tienen por objetivo principal, crear espacios de dispersión y diálogo, en medio de las tensiones y los planes de contención que se han generado en el contexto ciudadano, como medida general para combatir  el confinamiento actual de la pandemia que azota a Chile y al mundo entero.

Al respecto, se abrió un período de inscripción gratuito previo llamado por redes sociales, a todo aquel que quisiera formar parte del proyecto, y se dispusieron diversos grupos de trabajo con la guía de un profesor del área, los cuáles se reúnen una o dos veces por semana en plataformas virtuales como Skype o Zoom, dentro de las cuales se imparten numerosas clases en torno a los intereses de los estudiantes, entre las que se destacan charlas sobre textos literarios y sus relaciones con diversos discos rocanroleros, estrategias de redacción y creación literaria y coloquios de conversación con diversos invitados vinculados a la actividad.

Y en dicho contexto, es que uno de los primeros foros de encuentros del Taller se llevó a cabo, el pasado mes de abril, donde Ángel Rogel, periodista y autor de variados libros acerca de música, también músico del grupo Envano y residente en la VIII región, sostuvo un intenso encuentro con una comunidad de participantes cibernéticos del programa, en el que abordaron llamativos temas como la historia de cada uno de sus textos, el vínculo que Rogel ha generado con la escritura y la composición musical, y donde por supuesto, el además investigador aprovechó la ocasión para comentar  los más variados libros que componen su biblioteca literaria-musical personal.

Por otro lado, destacar también que los asistentes al proyecto virtual han dado cuerpo a numerosos relatos, para los que han tomado como referente, el arte del cuento fantástico y su relación con el Rock & Roll. Es decir, a partir de títulos de canciones (“Losing My Religion”, “Yo la Quería”, “Bohemian Rhapsody), elementos sonoros y visuales que remiten a las mismas, o simplemente teniendo en cuenta la amplia imaginería que contemplan las composiciones y también los textos, los usuarios de Taller Rock & Libros han dado lapso a la escritura creativa y han trabajado afanadamente en una selección de narraciones durante la instancia del confinamiento y el transcurrir de las clases, con el sentido de apropiarse de su rol de escritores  y de estructurar una antología literaria que les permita alcanzar una publicación impresa, o sea un libro, en torno a este tipo de literatura forjada producto de la experiencia conseguida en el curso.

De esta manera, el proyecto que finaliza el próximo domingo 31 de mayo, y para el que posiblemente se planifica una segunda parte para el segundo semestre de este año, organiza sus últimas actividades de esta primera convocatoria, entre las que se cuentan un conversatorio con la periodista Yasna Rodríguez,  autora del texto “Mujeres en la música chilena: la invisibilización de su legado”, una sesión exclusivamente dedicada a la literatura “Ramonera” y la revisión de otras instancias que implican la relación de las letras con la música.

“Yo la quería” (Dámaris Carrasco Navas)

Primero ahogó un grito ante la sorpresa, ya había estado gritando, pero no era de pavor, era de ira; lo había estado increpando desde que llegó, alcoholizado y hediondo a vino barato como de costumbre, tal y como juraba que no haría.

Ese grito ahogado comenzó a encontrar una vía de escape, ahora era un alarido desgarrador, pero él ya no oía nada, solo le zumbaban los oídos y le hervía la sien. Él, alcoholizado y ensordecido, con el cuchillo en mano solo repetía que la quería, “la quería harto” decía, y se lo decía a ella mientras se le nublaba la vista.

Tantas risas, carcajadas y sonrisas melancólicas que había ahogado juntos en la lujuria. Tantas soluciones inconexas, cada una con menos sentido que la anterior, pero albergando cada vez más esperanza en la reestructuración de la adicción. “Yo la quería” repetía el alcohólico.

Pero ella ya no lo podía escuchar, estaba en un lugar lejano y armónico, sin ese hedor a alcohol y días sin bañar. No, ya no podía decepcionarla, ella estaba lejos, en otro nivel de conciencia, en otro nivel corpóreo. Aquello que no entendía ya no tenía razón de ser. Lo único que importaba era inspirar el aroma campestre, sentir el zumbido hipnotizante de los abejorros sobrevolando los girasoles, tan bellos e imponentes, tan carentes de sentido que llegaban a tener un simbolismo abstracto para ella.

Ella, tan bella y poco bella, tan alharaca ante el filo de la vida, tan ella que ya a nada le temía. Y él, tan desgarradoramente él, con tan poca cordura en sus manos que ya no podría tocar el desencanto en su mirada.

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