MIS PRIMERAS LECTURAS.

Por Solange Carolina Arroyo.

Fotografía: Solange Carolina Arroyo.

Tenía 11 años cuando estaba en el colegio y no me gustaba leer,  menos aún, lograba apreciar de lo que se  trataba la literatura. Leía solamente para el control de la prueba obligatoria y mayormente por cumplir. De hecho, en séptimo básico me dieron a leer “Cabo de Hornos”, del autor chileno,  Francisco Coloane,  lo que para la edad no resultaba ser muy atractivo. Era, por decirlo menos,  el libro  que más rechazo me producía. Su narrativa extensa y demasiado descriptiva sobre las expediciones en el sur de Chile, sin un lenguaje poético que me representara, me parecía tedioso.  Tanto detalle en su mundo narrativo me perturbaba de tal manera que obtuve una pésima calificación en el examen de lectura, lo que me llevó a una indiferencia total por los libros. En resumen, fue una experiencia que hizo cerrarme a otros textos.

 

Aún así, las evaluaciones a diversos libros continuaron, lo que extendía mi desgano por ellos, pero en cambio, lo que me gustaba leer mucho era el periódico cuando llegaba a la casa todos los domingos. Al menos se relacionaba a la vida real y causaba revuelo. Me entretenía ver cómo pasaba el tiempo a través de acontecimientos a veces impredecibles. Algo dinámico que se volvía cada vez más llamativo, a partir de las opiniones de algunos periodistas y variados críticos que escribían en las páginas de actualidad. Es decir, se generaban visiones distintas sobre una sociedad en movimiento, lo que me agradaba leer.

 

Sin embargo, al cambiarme a un renombrado colegio católico de la comuna de La Florida, el enfoque comenzó a ser distinto. Además de ser muy exigente con las calificaciones y no estar enfocados solamente en la PSU como el anterior, la formación social y humanista se volvió primordial, y la literaria más interesante aún. Esto, junto con las atractivas clases de filosofía en las que reflexionábamos sobre películas que ponían en jaque el pensamiento tradicional, al exponer en sus contenidos situaciones discordantes que nos permitían llegar a diversos juicios de valor. Por otro lado, las lecturas de las clases de castellano nos llevaban por un camino similar.

 

En ese sentido, revisábamos siempre un libro enorme de castellano de la editorial McGraw-Hill para las clases de la semana. En él siempre aparecían máximas de escritores de fama mundial, junto a otras de destacados literatos nacionales. Pero de todas las lecturas, me llamaron la atención los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer y los de Gabriela Mistral. Quizás porque nos motivaban a detenernos bastante en lo que respecta a reflexionar, interpretar los textos, así como también leer y estudiar minuciosamente la propuesta de cada autor. Entonces, esto nos daba el tiempo necesario para detener nuestra cabeza de la vida moderna, en la que estaban presentes los videojuegos, los programas de televisión e internet, para centrarnos significativamente en los pensadores de la literatura de todos los tiempos. Y digo pensadores, porque eso fue lo que me atrajo de los escritores. No sólo los que contaban una entretenida historia, sino los que profundizaban en temas humanos de importancia trascendental y que logran traspasar los límites del tiempo.

 

Esto hizo que de muchas citas de textos, el que mas llamó mi curiosidad fue la del escritor inglés William Shakespeare. Porque ni Francisco Coloane, con su particular narrativa  proveniente de la Patagonia, había logrado llamar la atención de mi conciencia adolescente, que si bien compartía similar imaginario geográfico cordillerano, no bien lo hacía necesariamente con su conexión estética en la escritura. Pero en tanto, William Shakespeare, olía a otra cosa. Literatura universal le decían, y es la magia que tiene ese lenguaje de despertar el placer de la lectura y de impulsarte a hacer cosas que nunca antes hacías, como estar semanas con la cabeza inquieta y revolucionada con las frases del dramaturgo inglés, esperando con entusiasmo más dosis de su literatura, llevándote incluso a completar ese fragmento de la historia faltante con tu imaginación (ya que solamente aparecían fragmentos en mi texto escolar), hasta que finalmente te decidías por ir y comprar el libro, para proseguir la lectura de su obra.

 

Y así fue que al leerlo, el nexo con su literatura fue inmediata. La historia, el lenguaje utilizado, la psicología de los personajes era perfecto, algo que los libros anteriores no habían logrado hacer en mi percepción estética. O sea, simplemente los demás textos no me habían deleitado, porque para mi “no eran perfectos”.

 

Ahora bien, tiempo después llegó el turno del libro más odiado, que contenía 500 páginas en su interior, y con un singular título, de nombre “Los Miserables”, perteneciente al autor francés Victor Hugo. Incluso contenía una letra diminuta en su interior, que lo  hizo aún más, un martirio que un disfrute. Y a la vez provocó que las 30 alumnas del curso se quejaran constantemente de lo mismo. Es decir, convirtió la vida real en momentos de tensión. -¿Cuánto te queda?- Se preguntaban unas a otras, con la esperanza que de que una de nosotras contara en qué momento iba a partir el magnífico relato prometido por nuestro profesor de la asignatura.

 

Pero los momentos de espera terminaron y las estudiantes más entusiastas llegaron a la parte clave de la narración. Donde las expresiones de desgano se transformaron en otras de motivación,  conmocionadas por avanzar lo más posible en las lecturas. -“No puedo parar de leer”-, comenzaron a mencionar algunas. Es más, nadie quiso quedarse indiferente ante estos sucesos y  las que estaban atrasadas en la lectura se vieron con la responsabilidad de seguir leyendo, como si las páginas del libro se fueran a desintegrar. Leer a “Los Miserables” se volvió un tema de conversación diaria, incluyendo a las no lectoras. Porque todavía recuerdo los intervalos de las clases de historia utilizadas para explicar lo más llamativo del libro. La transformación del personaje de Jean Valjean, de ser ladrón, a  otro que se dio cuenta de su forma de ser, injusta, lo sensibilizó a muchas de mis compañeras lectoras. Y eso generó curiosidad en torno al libro, recreando todas las situaciones de “Les Misérables” en nuestras cabezas, con una infinidad de formas, variaciones y maneras de percibir lo que habíamos vivido con ese texto, para contarlo ahora, en primera persona, desde esas 30 miradas adolescentes expectantes.  De hecho, todas concordamos en que el final nos desarmó respecto a todo lo que conocíamos sobre  lecturas y lo que estas causaban en nosotras. Además que fue un desenlace largo, con mucho trama que provocaba reflexión y filosofía, y que contó también con numerosas lágrimas derramadas en sus páginas de parte nuestra, tanto lectoras comunes y no lectoras. Es decir, ¿qué hace que un libro genere sentimientos similares  en un curso de 30 alumnas, siendo tan diversa la una de la otra? Aún no lo puedo explicar, pero percibo algo en particular.

 

La respuesta es que la literatura es universal y los sentimientos absolutos,  que retratados cuidadosamente generan experiencias que pueden ser compartidas por muchos lectores y lectoras a la vez.

 

Y en este contexto, muchos afirman de que la lectura no es para todos, que lee solamente el que debe leer,  pero esta vivencia hizo darme cuenta de que puede existir un interés que nos una, y que si bien aún no ha surgido ese impulso en algún lector en particular, quizás no se han encontrado con el libro indicado. Sin embargo, en mi caso compartir las mismas emociones que nos surgió de un mismo texto, en un grupo curso de secundaria y con personalidades muy diversas entre sí, te hace cuestionarte todo lo que se dice sobre la lectura hoy en día. Lo que me genera una especial motivación por los libros que he desarrollado hasta ahora. Aunque si recolectamos esta experiencia junto a otras igual de significativas, podríamos construir un corpus de situaciones inspiradoras. Hechos y anécdotas personales que luego puedan llegar a transformarse en prácticas, que encausen de mejor manera, el gusto por los la lectura.

 

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