“PROYECTO HOMENAJE”.

Por Rodrigo Cabrillana Godoy.

José Miguel Varas presenta su texto, “Los Sueños del Pintor”, en la SECH. fotografía: Rodrigo Cabrillana.

Una fría tarde del 23 de septiembre de 2011 mientras sintonizaba la señal CNN Chile, cuál sería mi sorpresa al encontrarme con el repentino anuncio de la muerte del Premio Nacional de Literatura 2006, José Miguel Varas. Una noticia aterradora, inoportuna e implacable para los lectores que seguíamos cada una de las publicaciones y presentaciones en ferias y diversos eventos literarios, del connotado autor chileno. Coloquialmente hablando, un verdadero “balde de agua fría” para quienes considerábamos un referente total de la literatura chilena contemporánea. De hecho, no hacía muchos meses que había tenido la ocasión de escuchar una lectura del mismo Varas en la Sociedad de Escritores de Chile, releyendo algunos pasajes del texto “Los Sueños del Pintor”, lanzado en 2005 y en el que alude a la figura del exiliado pintor Julio Escámez. O también en otra oportunidad, cruzándolo en cada Feria Internacional del Libro de Santiago para que autografiara algún texto de su autoría e incluso darle la mano cuando lo topaba casualmente en alguna actividad cultural a la que Varas asistía como espectador. El literato era uno de los más activos en los primeros años del 2000, considerando sobre todo el peso que tenía como escritor y más aún, la historia que también llevaba consigo en diversos medios de comunicación en los que operaba, como locutor de Radio Magallanes en los ’70, o en Radio Moscú, en el programa Escucha Chile, cuando enfrentó el exilio en tiempos de la dictadura militar en nuestro país. Varas combinaba con maestría el periodismo con su actividad en la literatura. “Los temas llegan solos” diría en el cuento, “Cuentista y cuentero”, publicado en el libro “El seductor”. De manera similar a como el periodista impregnaba la realidad histórica con la ficción narrativa, en la estética que caracteriza su obra. De forma posterior a su fallecimiento, le sucedieron reediciones de sus textos, homenajes varios y otros reconocimientos post mortem. Sin embargo, una interrogante seguía asaltando mis pensamientos: ¿de qué sirve todo aquello, si el autor no ha podido vislumbrar en vida  la trascendencia de su obra en la sociedad? “A Chile le encanta la cultura de los muertos” dijo alguna vez el cantautor nacional Álvaro Henríquez a la prensa, cuando su grupo de música Rock, Los Tres, se disolvía después de un exitoso periodo de carrera musical. No habían pasado horas del último concierto y ya todos sus seguidores empezaban a vivir de la nostalgia que arrastra una desaparición. Bueno, en la literatura hay casos similares, guardando las proporciones de lo que conlleva un género con el otro. Las “partidas” de Pedro Lemebel, Poli Délano y hace muy poco Guido Eytel en la región de la Araucanía, han despertado un aprecio especial por sus figuras en redes sociales, en la prensa y por supuesto en el imaginario de la cultura chilena de la última década. Versos desconocidos, entrevistas y conversaciones inéditas, y hasta impresos en camisetas son parte del fenómeno que puede atender este culto por la muerte. Para qué mencionar a Roberto Bolaño, considerado quizás como uno de los escritores trágicos latinoamericanos del último siglo que se ha expandido a todas las latitudes, una leyenda literaria que se ha mitificado desde la cultura pop hispanoamericana. Asimismo, ejemplos podríamos encontrar en distintas disciplinas, y si lo proyectamos a nivel internacional, el asunto tiende a crecer indefinidamente.

Aun así, es muy probable que Chile nunca logre saldar deudas históricas con muchos de sus referentes culturales. Preguntarnos porqué María Luisa Bombal nunca recibió el Premio Nacional de Literatura, o porqué autores tan connotados en la ciencia ficción chilena como Hugo Correa o Sergio Meier nunca han sido distinguidos con la importancia que se merecen en la historia de las letras nacionales, podría demandar un sinnúmero de razones. Analizarlas e identificarlas es necesario para intentar revertir el panorama y cuestionar correctamente la problemática.

¿Por Qué Escribe Usted? Homenaje al Poeta Óscar Hahn. Fotografía: Néstor Rozas.

Por lo mismo, es que de manera casual, “Lectura Nómada” comenzó a implementar una serie de actos que han constituido uno de los primeros programas formales que se pretende trabajar año a año en la fundación: “Proyecto Homenaje”. Un plan que tiene por objetivo principal, dar un reconocimiento en vida a autores que han desarrollado una carrera esencial con su obra escrita. Es decir, pretende perpetuar una actividad que no involucra solamente un evento tributo en que se distingue a la personalidad aludida, sino que durante un año, a través de un sinnúmero de acciones se le rendirá difusión a la figura y al trabajo de un escritor chileno vivo. Es más, a la fecha dos han sido los intentos: Óscar Hahn el 2017 y Virginia Huneeus durante este 2018. El primero dentro del contexto de apertura de lo que fue nuestro asentamiento, y Huneeus en un propósito de continuar con una idea que había tenido una iniciación fortuita el año anterior. Ambos escritores impulsados y propuestos por distintos miembros del equipo directivo y de trabajo. Por consiguiente, el proyecto espera tener una continuidad primordial este 2019. ¿Nombres que podrían ser convocados? Son los que más abundan. Pepe Cuevas con su poesía urbana; Elvira Hernández, a quien se considera una de las voces más importantes de la poesía femenina de los ’80; o tal vez el emblemático Thomas Harris, uno de los escritores que nos ha deleitado con sus versos y narraciones que atienden la estética del horror y la sensación de lo siniestro en la literatura chilena. Todos ellos y muchos otros que no están mencionados en esta columna, son acreedores de una particular gratitud de nuestra cultura local. En ese sentido, el desafío está planteado y la elección responderá a la contingencia del momento.

Ahora bien, aún tengo el recuerdo de observar la última entrevista al gran José Miguel Varas en el programa “Ojo con el Libro”, conducido por Alfredo Lewin y transmitido por la señal de ARTV, durante aquellos meses finales de 2011. Me quedé con la sensación que nunca pudimos decirle gracias del todo a este emblemático creador y comunicador que nos repletó las estanterías con sus textos. Al menos, me queda el consuelo que su obra ha sido alzada y reconocida sólidamente en la posteridad. Pero nunca será suficiente. “El culto a la muerte” no puede ser mayor a los anhelos de quienes pretendemos forjar un cambio, una nueva mirada y una revaloración a la cultura literaria local que está en pleno y constante movimiento en lo que respecta a publicaciones, lecturas y reediciones de autores emblemas que aún permanecen con nosotros. Les hago el llamado también a que reaccionemos implementando otras prácticas, todo es bienvenido. Nuestros escritores no pueden esperar.

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